«Sentándose frente a Murakami, Honda abrió su propia caja de bento lacada, extrayendo de ella la parte superior, que contenía pescado y legumbres. Como siempre, la inferior estaba húmeda y pegajosa por obra del vapor caliente que despedía el arroz colocado en el fondo, algunos de cuyos granos habíanse adherido a las agrietadas paredes de laca, que conservaban, sin embargo, su rojo original. Honda, a quien le disgustaba todo derroche, quitó los granos de arroz uno por uno y se los metió en la boca.
Tan escrupuloso ademán divirtió a Murakami.
-Has sido educado del mismo modo que yo -le dijo riendo-. De seguro, cada mañana debías inclinarte ante la estatuilla de bronce representando a un labrador y ofrecerle unos granos de arroz. El labrador estaba sentado sobre sus piernas y tenía sobre las rodillas una manta de paja de las que sirven en tiempo de lluvia. Sí, también yo. Y si durante las comidas dejaba caer un solo grano al suelo, debía recogerlo y metérmelo en la boca.
-El samurái llegó a comprender que comía sin trabajar -dijo Honda-. Los restos de aquella educación son persistentes. ¿Cómo están tus niños?»
Caballos desbocados, de Yukio Mishima; Alianza, 2005; pg. 26.









