«…yo prefiero el ramaje de un árbol. Éste no refleja el universo. No refleja cosa alguna, y en eso se muestra más antiguo y más vasto. Y murmura sin cesar con el lenguaje ininteligible de sus hojas, mediante los caprichos incomprensibles de las brisas, la existencia incomprensible de los pájaros y la no menos incomprensible aparición de los frutos.»
El salón de Wurtemberg, de Pascal Quignard; Galaxia Gutenberg, 2022; pg.140.
«Considero que las frases en pasado condicional son las peores del mundo. Esas frases son como las patas de los cangrejos que caminan de lado, o como las pinzas de los langostinos, que no cortan pero arrancan y desgarran. A ella le habría gustado que…, Él habría dicho que…, Yo habría querido… La opresión de estas garras es peor que la de las garras del pasado.»
El salón de Wurtemberg, de Pascal Quignard; Galaxia Gutenberg, 2022; pgs. 125-126.
«Estamos en tránsito: ello significa también que vamos hacia el pasado. Y vamos hacia un pasado total, totalmente, del todo. A unos cuarenta kilómetros de allí, a orillas del Sena, cerca de Notre-Dame-de-Gravenchon, había unos círculos de arena que un hombre nos había señalado con el dedo. El hombre aseguraba que se trataba de arenas movedizas. Los pies se hundían en ella enseguida y, a poco que el cuerpo se metiera más en aquel polvo inconsistente, los mismos esfuerzos encaminados a evitar el encenagamiento hundían aún más. Y nuestro amor se hundía más y más. Poco a poco, semejante a un agua que cesa de estar agitada, la superficie granulosa se cerraba sobre unos rostros y unos cuerpos ya invisibles. Y, a mis ojos, nuestro amor también se había vuelto invisible. El pasado, la muerte es esa arena movediza que nos engulle. La propia arena no es sino lo que queda de auténticas montañas desagregadas. Son recuerdos. Y eso es todo lo que soy, todo lo que hago, todo lo que escribo. Si cogemos un puñado de arena en la playa y entreabrimos un poco el puño, entre nuestros dedos pasa una montaña. Y susurra un acantilado.»
El salón de Wurtemberg, de Pascal Quignard; Galaxia Gutenberg, 2022; pg. 117.
Arrangement in Blue and Black (The Blue Sea), de James McNeill Whistler (entre 1893 y 1900).
«¿Qué había aprendido realmente de todos esos libros? Poco y nada. Su relación con Valentina, en cambio, le había enseñado que el centro del ser era oscuro y que la única forma que podía adoptar la literatura frente a las pulsiones irresistibles del inconsciente era el laberinto: una vez adentro, no quedaba más que entregarse al delirio.
Por seis meses Marcel fue un hombre feliz que no se cuestionaba su felicidad, un amante atento, fiel, generoso y tan agradecido que el precario equilibrio de su situación -el riesgo que conlleva entregarse de esa manera al amor- no se le hizo evidente hasta que Valentina lo traicionó. Un viernes por la tarde, al llegar a casa luego de escapar de un seminario de lingüística, Marcel halló a su novia en el sofá que habían comprado juntos, con la cara entre las piernas de su profesora guía, una mujer de sesenta y cinco años que le supervisaba la tesis de grado. La sorpresa de Marcel fue tan grande que no pudo reaccionar. Se retiró de la sala sin hacer ruido y se encerró en su habitación a leer un libro de Gilbert Ryle –The Concept of Mind– de tapa a tapa, cuatrocientas páginas que devoró como un alcohólico que acepta su inevitable recaída.»
La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut; Anagrama, 2026; pg. 125.
«Tengo prontas las alas para alzarme, con gusto volvería hacia atrás, porque, si sigo siendo tiempo vivo, la desgracia me atrapará.
GERHARD SCHOLEM, Saludo del Angelus.
Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo en lo que fija su mirada. Los ojos como platos, la boca, muy abierta, las alas, totalmente extendidas. Este debe de ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hechos, él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer tanta destrucción. Pero, desde el Paraíso, sopla una tempestad que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja hacia el futuro, al que él da la espalda, mientras que los montones de ruinas van creciendo ante él hasta llegar al cielo. Esta tempestad es lo que nosotros llamamos progreso.»
IX Tesis sobre el concepto de historia, de Walter Benjamin; en Iluminaciones, Taurus, 2018; pgs. 311-312.
«Por la mañana, me quedaba absorto contemplando el valle, viendo cómo se levantaban el sol y la niebla, y cómo las formas inciertas, aún negruzcas, empezaban a desperezarse. Y aquella neblina, poco a poco penetrada por el sol, y como si estuviera hecha de granos o lágrimas, transformaba la apariencia de las cosas, de los árboles, de los arbustos, del cielo, de las casas y de las siluetas de un modo vivo y sorprendente. Algunas veces, era de una belleza inefable. El amor también tiene estas características, y haciendo memoria, reflexionando sobre ello, no consigo dilucidar quién transfigura a quién. Los primeros momentos del amor se parecen en cierto modo a esas nieblas que el sol penetra y que transforman la apariencia del mundo. Son milagrosos. Hacen desaparecer el pasado y el futuro.»
El salón de Wurtemberg, de Pascal Quignard; Galaxia Gutenberg, 2022; pg. 91.
«No anhelo cosechar recuerdos para consolar monótonos atardeceres. Si los días han de traer en sus canastas gruesos racimos de vendimia, debemos comernos las uvas y enjugarnos los dedos, sin pensar que un fruto delicioso merezca más que la agradecida avidez de nuestra boca. Aspiremos, sólo, a que la pulpa del presente se hinche de su pura savia; que cada instante abra sus pétalos pesados.»
Notas, de Nicolás Gómez Dávila; Villegas Editores, 2003; pg. 314.
«El navío hundía en las aguas su aguda proa. La blanca vela, hinchada, se deslizaba sobre el mar y los petreles giraban alrededor del mástil, abandonados a sus largas alas.
Las costas de las islas comenzaron a confundirse con el mar y ya solamente sobre las más altas cimas se posaba el sol. Los acantilados resplandecieron por última vez y la noche se adueñó, soberana color de violeta, del mar silencioso.
Sentado en la proa del navío, Ulises contemplaba las lentas estrellas, perdido en el cielo luminoso y puro. El griego mentiroso y sutil meditaba; sus pequeños ojos móviles acechaban las secas montañas de Ítaca, densas masas en las tinieblas de la noche.
Mas Ulises temía que los dioses fuesen favorables a sus ruegos y que le tocase de nuevo gobernar sus campesinos sucios y sus marineros hedientes a pescado y a sal marina.
¡Ah!, ¡divino boyero! ¡Cástor y Pólux!, qué fastidio regresar a este duro suelo, escuchar en las tardes el elogio de Ítaca, de sus mujeres y sus viñas. Ya mañana no seré sino el rey Ulises, nada; cuando hoy soy aún Ulises, aventurero y desgraciado, hombre que la felicidad huye, el que visita a los muertos y duerme con las diosas.
Sobre estas aguas traicioneras todo se puede esperar, la vida, la muerte y mil Ulises nuevos.»
Notas, de Nicolás Gómez Dávila; Villegas Editores, 2003; pgs. 301-302.
Ulysses and the Sirens, de Herbert James Draper (1909).
«Una fuerza la recorría, algo que él había conocido en Night City y en lo que se había apoyado, que lo había sostenido, que lo había apartado por un momento del tiempo y de la muerte, de la inexorable vida de calle que les mordía los talones. Era un lugar que conocía de antes; no cualquiera podía llevarlo hasta allí, y de alguna manera siempre había logrado olvidarlo. Algo que había encontrado y perdido tantas veces. Pertenecía -supo, recordó, cuando ello lo atrajo hacia sí- a la carne, la carne de la que se mofaban los vaqueros. Era algo inconmensurable, más allá de la conciencia, un océano de información codificado en espiral y en feromonas, una complejidad infinita que sólo el cuerpo, a su manera ciega y poderosa, podía interpretar.»
Neuromante, de William Gibson; Minotauro, 2016; pg. 284.
Porque nosotros somos de los buenos. Sí. Y llevamos el fuego. Y llevamos el fuego. Así es. Vale.
La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pg. 98.
«La posesión del fuego es un argumentum immortalitatis. Su uso ha perdido el rasgo, que tenía, de pura necesidad ante un mundo que constituía una amenaza para la vida, convirtiéndose ahora en prenda del más alto designio: vitae continet rationem. El fuego no es, primordialmente, el elemento necesario para la preparación del alimento y la elaboración de los metales, sino la substancia que señala hacia lo alto. No se trata de la posibilidad de mantenerse y autoconservarse en medio de una naturaleza hostil, sino de escapar de ella.»
Trabajo sobre el mito, de Hans Blumenberg; Paidós, 2003; pg. 384.